Las calles de Quito son el escenario de curiosas leyendas

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“Hasta la vuelta señor”. La frase es bien conocida entre los quiteños, quienes reconocen enseguida la historia del padre Almeida y sus escapadas del convento de San Diego para beber y divertirse. Esta leyenda es una de las más tradicionales de esta urbe, la cual está plagada de cuentos similares, donde se mezclan el mundo indígena y el español; la realidad y la fantasía.
El indígena Cantuña es otro de los protagonistas principales de las leyendas quiteñas. De acuerdo a la historia popular, este hizo un pacto con el mismísimo diablo para lograr concluir la construcción del atrio de la Iglesia de San Francisco, una de las más grandes de la capital. Cantuña daría su alma al diablo si se terminaba la obra en el plazo previsto entre ambos; de lo contrario, el indio conservaría su alma. Apenas un bloque lo separó de la desgracia. Y dicen que el diablo se lleva del alma de quien coloque ese último ladrillo en su lugar.
En la olla de ‘El Panecillo’ se dice que un día una mujer llevó una vaca a pastar. El animal se perdió y mientras la campesina la buscaba se encontró con una princesa, en un palacio escondido en lo más profundo de la olla. Al llegar, la humilde mujer recibió como recompensa una mazorca de maíz y un ladrillo de oro. Además de recuperar a su querida vaca.
Otra de las leyendas quiteñas más fantásticas es ‘La Casa 1.028’. Se dice que antiguamente, en la Plaza Grande, cuando allí existía una pila de agua, se organizaban corridas de toros. Una hermosa doncella llamada Bella Aurora asistió con sus ricos padres a una corrida en aquel lugar. Un toro negro salió al ruedo y se acercó al a joven, quien se desmayó de la impresión.
Bella Aurora fue llevada a su casa, en el número 1.028. El toro, tras buscar a la chica y no encontrarla, salió corriendo y se fue a hacia esa vivienda. Rompió la puerta de entrada, subió al corredor buscando a la joven y al entrar en su dormitorio la embistió. El animal entonces desapareció.
Hay quienes relatan que ‘El Gallo de la catedral’, el cual hasta hoy mira la ciudad desde lo alto del templo, se bajó de su pedestal alguna vez para reclamar a don Ramón Ayala, un hombre que gustaba de la bebida y la ‘noche larga’, por los insultos que este le propinaba en cada ocasión que caminaba delante de él.
“¡Qué gallos de pelea, ni gallos de iglesia! ¡Yo soy el más gallo! ¡Ningún gallo me ningunea, ni el gallo de la Catedral!”, dicen que solía gritar Ayala. Tras recibir el ataque a picotazos de ‘El Gallo de la Catedral’, hizo la promesa de dejar de beber y rectificar sus acciones.

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